Respiración pausada, relajación y sábanas bañadas en sudor. Conocía esa sensación. Acababa de despertarse y la cálida luz de media tarde entraba por la ventana. Nadie a su lado, pero poco le importaba. Se había acostumbrado a la soledad vespertina e incluso sabía que dependía de ella para ser quien era. Aquél era su momento más íntimo, el único momento del día en el que de verdad podía sentirse bien consigo mismo. Podía pasarse horas contemplando el techo, pensado en qué escribir después, a qué imagen recurrir para volver a llenar de fantasías páginas que nadie nunca llegaría a leer. A veces se levantaba e iba a saciar la sed producida por el calor de tan duro verano, pero inmediatamente volvía a aquel refugio del que había hecho su día a día. Jugueteaba nerviosamente con el bolígrafo en sus manos, ya que no encontraba temas sobre los que hablar, ni palabras con las que describirlos. Se negaba a volver a hablar sobre la ausencia, sobre la soledad, sobre el cariño que supuestamente debía echar en falta. Ya había elegido su camino y en él no había nadie más presente.
Y, aún así, sabía que con ella al lado los versos fluirían de nuevo.