Caminaba junto a la vía con lo poco que le pudiera quedar. No le importaba dónde condujese el raíl, mientras fuese lejos de allí. Seguía sin entender por qué se veía obligado a volver a huir, pero tampoco se pararía a pensar en ello. Una situación de estabilidad que empezaba a quebrarse era más de lo que podía soportar. No obstante, a diferencia de las ocasiones anteriores, la carretera del desierto no era una opción. Necesitaba alejarse cuanto antes mejor y no podía permitirse perder tiempo en esperar a que pasara un coche y, lo más importante, a que éste parara. Nunca lo hacían. Un tren en marcha, sin embargo, era otra cosa. Empezó a correr tan pronto como escuchó el ruido proveniente del pesado artefacto mecánico, y pronto se encontró a su cola, intentando alcanzar la barandilla para abordarlo. No importaba lo cansado que pudiera sentirse, ni lo magullado que estuviera su cuerpo. Era el último tren del día, su última oportunidad para salir de allí. No podía perderlo y, aún así, cuando por fin parecía ir a conseguir su objetivo, se detuvo en seco. El tren se alejó hasta perderse más allá de donde le alcanzaba la vista. Al alargar el brazo para asir la tan ansiada barandilla vio algo que le hizo preguntarse si realmente quería huir de aquello que lo hacía feliz, de aquello que sabía no encontraría en ningún otro sitio. Miró hacia atrás, hacia los kilómetros de vía que ya había recorrido… ¿Volver? Dejaría que su brazo decidiera por él.
Era increíble lo mucho que podía significar una simple cicatriz.