Traspaso la barrera tambaleándome, evitando una caída segura al lanzarme contra la pared más cercana. Me tiemblan las piernas. Avanzo poco a poco hacia las escaleras, temeroso de que mi difuminado sentido del equilibrio me haga trastabillar y caer rodando por los casi veinte escalones que me separan del andén. Una voz resuena en mi cabeza, difusa, más por mi estado que por la cuestionable calidad del altavoz. Llego al pie de las escaleras segundos antes de que mi transporte cierre sus puertas. Entro casi por inercia, empujado por la velocidad de mis torpes movimientos. Busco dónde sentarme, pero no es fácil: las vueltas de mi ya de por sí confusa cabeza son dos veces más rápidas debido al vaivén del tren. Acabo por sentarme en el suelo, en un rincón, lejos de miradas de curiosidad o desprecio. Quizás el viaje dure sólo media hora, pero mi percepción es de horas… de días. No sé cómo, pero finalmente llego a mi destino. No recuerdo la mitad del trayecto. ¿Cuándo he salido del vagón? ¿Cómo he subido las interminables escaleras? Las respuestas se pierden en el vómito, justo antes de caer rendido al sueño.
¿Ebrio? Sí, de realidad.