syиēsтнēsīāē

Formas, colores y sonidos se entremezclan en una inquietante sinestesia, producto de una ebriedad cuyo origen no me es ni desconocido, ni sorprendente. La vida es el más letal de los narcóticos. Todo y cuanto el Destino había dictaminado colapsa ahora en una inmensa espiral de incoherencia y caos. Cientos de nuevos recuerdos de diferentes épocas pasadas, presentes y futuras asaltan mi mente, difuminando la poca lógica que en ella pueda quedar. Por un instante, pienso que la persona de la que creo tener conciencia es únicamente un eco de una alternativa perfecta e imperturbable, sólo amenazada por el atisbo de irrealidad que supone mi propia existencia, pero la idea se desvanece al percibir la inestabilidad de semejante teoría, tan destructiva como la paradoja que desde hace tiempo tiene en jaque a mi cordura.

Lo único que me ata a esta vida es también el motivo que me empuja a abandonarla.

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нīтcнīкīиg

De nuevo, pasan de largo. Camino hacia atrás, con el pulgar levantado, en el arcén de una carretera en medio de ninguna parte. Llevo horas caminando y nadie se ha dignado a parar. Seguramente no se hayan percatado de mi presencia. El asfalto arde. Mi piel, también. Llevo horas viendo únicamente tonalidades de arena y carmesí. Me resulta extraño volver a recorrer de nuevo este camino perdido en el desierto. Por un motivo u otro, me veo obligado a retomarlo una y otra vez. Sigo con el pulgar levantado aún sabiendo que en años jamás se han parado a recogerme. En fin, dicen que la esperanza es lo único que se pierde. Quizás alguien pare. Algún día. Pero sí, es extraño… Extraño porque cada vez que encuentro un lugar donde detenerme y donde parece que formo parte de algo que nunca va a acabar algo me obliga a iniciar de nuevo la marcha. Y vuelta a empezar. Una y otra vez, la misma carretera, el mismo yermo baldío. Y nada más. O nadie más.

Supongo que este camino no acabará jamás. No importa.

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āłđēвāяáи

Abro los ojos.

Nostalgia y desconcierto se entremezclan en mi mente, creando una extraña sensación que me impide pronunciar palabra alguna. No importa. Nada que pueda decir en este momento podría tener significado. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero por el rojo infinito ante mis ojos supongo que es el atardecer de algún día cuyo nombre o número desconozco. El mar de septiembre baña mis pies y me susurra al oído palabras que no comprendo, ni comprenderé jamás, pero que me tranquilizan y despiertan del aturdimiento. Me incorporo para sonreírle, como siempre hago, y la brisa me arrebata la arena que una desgarbada camisa ha podido retener durante la inconsciencia.

Sólo una vez había escuchado tanto silencio. Y entonces no había razón para que me importase, pero ahora un extraño sentimiento entre felicidad y angustia me impiden razonar con claridad el por qué de mi presencia en este lugar, en este momento. Nada brilla ahora en el cielo, ni siquiera el sol, casi imperceptible ya en el horizonte. Supongo que así es como debe ser. Al menos no es muy diferente a como ha sido en todas las noches de los últimos meses que recuerdo. A decir verdad, ni siquiera estoy seguro de que quedara estrella alguna desde que Aldebarán se apagó.

Aldebarán… Aquella a quien durante tiempo llamé Antares y por quien tantas noches aullé a la luna. Jamás acepté la distancia, material o no, que nos separaba y aún menos el hecho de que llevara tanto tiempo apagada. De no haber sido por aquella pequeña estrella, que tan cálidamente brillaba, quizás aún hoy pensaría que Aldebarán sigue brillando y la aparición de la verdadera Antares hubiese pasado totalmente desapercibida. Ahora lo sé, pero entonces jamás hubiese imaginado que el daño provocado hubiese sido tan grande, tanto que ni el paso de los años, ni el brillo de tantas otras estrellas, hayan podido extinguirlo.

Después de Antares y de Altarf, después de Librae y de Ascella, después de la propia Aldebarán, Alrisha ha sido la última en apagarse, la única que me ha acompañado durante todo el camino y la única a la que no me hubiese importado no alcanzar jamás. Aquella a la que nunca logré conocer, a la que siempre pregunté quién era y de la que no obtuve respuesta. Aquella que, sin pedírselo o siquiera desearlo, iluminaba un camino que ahora vuelve a ser oscuridad. Un camino que el chacal no tenía inconveniente en recorrer, pero que el león se tendrá que resignar a recorrer. No puede ser tan duro. La oscuridad no puede doler tanto como duele la luz. Especialmente, cuando la luz proviene no del sol, sino de las estrellas que ahora ya no dibujan mi cielo. Su añoranza será sólo una reprimenda por los pecados cometidos. El verdadero castigo será saber que aún a pesar de Alrisha, el dolor lo causa y lo causará siempre Aldebarán. ¿Cuántas otras estrellas tendré que descubrir y dejar apagar por el recuerdo de una ilusión que jamás pasó de pura idealización, de simple amor platónico? Ninguna, por supuesto. Dejaré que la razón guíe mis pasos una última vez y buscaré mi destino allí donde nadie pueda encontrarme.

Éstas son, pues, las últimas palabras de Anubis, primero lobo, luego chacal y ahora león, sentenciado a caminar por la oscuridad en busca del perdón de las estrellas que dejó apagar.

Cierro los ojos. Al fin.

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łēøиēs

Desolación. Hastío y desesperación podían sentirse en el denso aire de tan descorazonadora escena. Descansaban en paz allí aquellos que en su día dominaron el mundo y lo perdieron todo por defender únicamente un frente ya perdido, entregado al enemigo por un traidor entre sus filas. Cayeron luchando hasta el final, murieron por aquello en que creían, por aquello que amaban. Grande fue el error de entregar su confianza, de mostrar su talón de Aquiles, a aquellos que creyeron más dignos y que resultaron ser el veneno que los dejó dispuestos a morir uno tras otro bajo el filo de la espada del Destino, presente ahora en el desolador páramo, regocijándose por las victimas cobradas. Y allí, frente a él, altivo y desafiante, el último León, consciente de su no muy lejana muerte, pero decidido a no caer hasta haber ganado la batalla. No tenía nada que perder. Nunca lo había tenido.

Sin tregua.

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яēcłūsīøи тяāиsмīssīøи

De: liberation.transmission@free-europe.net#id=151108
Para: <undefined> (envíado a todos los destinatarios)

Jamás la realidad había provocado semejante devastación. Nada, ni nadie, queda ahora en pie. Mi verdad, que no la realidad, se ha visto modificada por la sacudida hasta el punto de haber sido erradicada por completo. Sigo sin saber quién eres.

Punto y aparte. Fin de la transmisión.

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ēи ēł иøмвяē đēł fūēgø

—Has condenado a nuestra gente.

—He salvado a la humanidad.

—Sabes que eso no te excusa y que debes morir por ello.

—Sabes que no sin luchar. Si osáis desafiarme no solo os enfrentaréis a la oscuridad, sino también al fuego y al propio planeta. Moriréis uno a uno, cada uno de vosotros. Hombres, niños, mujeres. Nadie que pueda recordaros quedará en pie. Arrasaré vuestro pueblo. Lo reduciré a cenizas, hasta tal punto que nadie sepa que alguna vez existió.

Y así fue que las llamas se extendieron a lo largo y ancho de todo el poblado. Aquellos que creían poder huir encontraron a la muerte en el camino. Niños y mujeres sufrieron en la misma medida en la que lo hicieron padres o maridos y el eco de sus gritos es el único recuerdo de su existencia. Allí donde antes se levantaba un pueblo, ahora solo hay llano. Y el por qué no incumbe a nadie.

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тняēē yēāяs sнøūłđ нāvē вēēи ēиøūgн тīмē føя yøū тø gяøw ūp āиđ gēт øvēя тнīs

Para. Necesitas parar un rato para descansar y recuperar el aliento. Ésta no es una carrera que se gane o se pierda, sino simplemente en la que se corre. Y tú estás haciendo todo lo posible por llegar el primero, o al menos por creer que llegas el primero. Para. Si al menos supieses cómo dejar todo atrás no importaría cuánto o por qué corres, pero te empeñas en llevar contigo todo aquello que has encontrado en el camino. Aunque sabes que es una carga demasiado pesada. Que quizás es una carga inservible. Para. Ya que corres, al menos, mira hacia el frente. Ya has tropezado tres veces y puedes estar seguro de que volverás a hacerlo. No te engañes, no hay nadie que te siga, ni nadie que te observe. Menos aún, nadie que te espere y a quien has dejado atrás de manera involuntaria. Para.

Ya no tienes dieciocho. Tres años deberían haber sido tiempo suficiente para crecer y superarlo.

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